Ciudades verdes, más que un cuento ambientalista

Por: Juan David Giraldo

Hoy desconozco cómo encontré una inteligente e inspiradora charla de TED titulada “Ron Finley: A guerrilla gardener in South Central LA”. En la portada del video se destacaba la figura de un hombre negro, con una pinta casual y bonachona frente a una enorme pantalla, predicando con cara de acontecimiento alguna noticia importante. Le di play a una conferencia en la que el promocionado señor Finley presentaba su proyecto de vida: darle comida sana a un sector de Los Ángeles en el que se venden más sillas de ruedas que automóviles. Este artista y diseñador afro-americano es el líder de “L.A. Green Grounds”, una fundación enfocada en el aprovechamiento de los terrenos baldíos para generar comunidad.

El discurso del tipo es conciso y pragmático, y lo que más me llamó la atención es que va mucho más allá del “come sano, vive sano” de los centros de Yoga, y no se queda en la simple expresión política o ideológica de los indignados.  “Si los niños siembran su coliflor, comerán su coliflor”, sentencia Finley después de mostrar una que otra foto de niños arando en un andén. En su proyecto, una comunidad pobre y aislada utiliza los andenes, los antejardines y los terrenos baldíos como suelo para cultivar toda clase de vegetales y frutas al alcance de cualquier transeúnte que las necesite; pero además, “L.A. Green Grounds” también quiere empoderar a esa población marginada de sus terrenos y de su vida, para así cambiar la cultura en una zona plagada de obesos y pandilleros.

Por esa misma época, me enteré por un amigo que hasta el 2010, Colombia ostentaba el triste primer puesto en el informe de Desplazamiento Forzado de la ACNUR. Hoy en día, es superado por países en una situación de guerra muy precaria como Afganistán, Irak, Siria, Somalia o el Congo. En Bogotá, los cinturones de miseria dominan el paisaje, están por encima de las enormes torres empresariales que buscan ocultar con el dedo la indigencia en la que viven muchos. Esos cinturones, poblados especialmente por desplazados, son tierra invadida por campesinos, indígenas y negros que deben enfrentarse a un monstruo de ciudad que los ignora y escupe en cada semáforo en el que paran a pedir alguna orientación.

Cuando se mira a Bogotá, a ese monstruo del que todos hemos despotricado alguna vez, me pregunto qué podría hacer un fulano cualquiera para hacerla más habitable.  Una ciudad que no es de nadie porque todos venimos de una familia que no nació acá, una ciudad antipática que nadie quiere querer, es una ciudad condenada a ser desmembrada por los pocos carroñeros que saben cómo aprovechar la indiferencia de sus habitantes.

En ese momento no se me ocurrió que el discurso de Finley y el desprecio que tengo por mi ciudad pudieran tener alguna relación. Movido por la ignorancia, más que por el ambientalismo, decidí ponerme en la tarea de hacer una huerta en mi apartamento, sin suelo para sembrar, ni conocimiento alguno de lo que podía crecer en este clima. Encontré videos para hacer mi propia huerta vertical, reseñas de las plantas que podían crecer en Bogotá y métodos para sembrarlas usando materiales reciclables (sólo como para ser consecuente con todo el cuento de hacer algo “verde”).

Decidí no meterme en el debate de las semillas trans, los fertilizantes y el imperialismo corporativo, pero empecé a enterarme de los beneficios de los cultivos urbanos: reducción en la contaminación, reducción de los niveles de desnutrición, disminución de los costos energéticos en la producción agrícola, generación de empleo y sentirse útil. Claro, estos beneficios no dependen de una materita en el balcón de mis papás, pero si la idea se expande, podría hacer algo de bien a nuestra “Bogotá Humana”.

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Mi primera experiencia como granjero urbano es realmente triste. Planté albahaca, rúgula, lechuga, tomate y yerbabuena en cajas de huevos. Los retoños crecieron y construí en madera un mueble de cuatro niveles con materas de lona de construcción donde las trasplanté. Sin embargo, no medí bien cuánta distancia debían estar la una de la otra, qué fertilizante usar para que crecieran, no tuve en cuenta que unas necesitaban mucha más agua que las otras y, aunque todas están vivas, algunas han crecido como maleza y otras siguen siendo unos pequeños retoños.  Además, por mi nuevo trabajo (mala disculpa), no les he podido poner mucha atención.

En suma, el resultado ha sido edificante, aunque no he podido probar los primeros frutos y siento que algunos no lo van a producir, el sentido de responsabilidad, la satisfacción de verlas crecer, la frustración por los errores cometidos y la sensación de que algo estoy haciendo por mi alimentación, es realmente gratificante.

Sin embargo, lo más interesante fue darme cuenta de lo inútil e ignorante que somos como  habitantes de urbes. Es lamentable lo poco que sabemos del origen de nuestra dieta: No entendemos todo lo que hay detrás de la posibilidad de consumir cualquier alimento sin importar si hay cosecha o no, y eso, querámoslo o no, en una situación ambiental precaria, a la cual nos dirigimos, puede ser un conocimiento fundamental para subsistir.

Toda esta verborrea que suena a ambientalista evangelizador viene a desembocar en la evidente conexión entre agricultura urbana y desplazado o habitante de comuna. Una población acostumbrada a trabajar la tierra, a rotar suelos, a interpretar el crecimiento de un fruto, puede ser muy útil para la ciudad que se ha convertido en una de las más caras del continente y con peor calidad de vida.

Impulsar los proyectos de agricultura urbana permitiría que hombres, mujeres y niños en situación de riesgo, accedan a una dieta más nutritiva. Construir jardines, enseñar a los niños y jóvenes, y darle empleo a los mayores, disminuiría el reclutamiento en bandas delincuenciales y funcionaría como proyecto educativo. Si aumenta la producción interna de cultivos, el costo de venta de algunos alimentos disminuiría simplemente por la reducción en los costos de transporte. Como lo dice Finley en su conferencia de TED: “Hay que cambiar la composición del suelo. Si cambiamos lo que comemos y cómo lo comemos, vamos a producir una generación distinta”.

El Jardín Botánico José Celestino Mutis y la Institución Humboldt de Colombia, han estado impulsando campañas de agricultura urbana, capacitando a los residentes de Ciudad Bolívar y Suba para cambiar terrenos desaprovechados en jardines productivos. Saliendo por Soacha, al sur de la ciudad y en medio de un enorme lote, se puede observar un aviso que dice “VENGA Y TRABAJE AQUÍ”, un lote dedicado a cultivos urbanos en el que la gente recibe dinero por lo que ayuda a producir y que después se vende en mercados locales. Sin embargo, el proyecto no puede quedarse en las zonas deprimidas de la ciudad, si aprendemos y le enseñamos a nuestros hijos el valor de la tierra, si nos apropiamos del cambio que necesita Bogotá, quizás algún día, nos podremos sentir orgullosos del lugar en el que vivimos.

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