La basura bajo el tapete

 Por: Paloma Fernández

“La oscuridad engendra la violencia

y la violencia pide oscuridad

para engendrar el crimen”

Rosario Castellanos

26-Sep-08Hace algo menos de 45 años el D.F. era testigo de una de las masacres más terroríficas de su historia. Allá, en medio de la plaza de las Tres Culturas, cientos de estudiantes, obreros, padres de familia, niños y profesores eran víctimas de la brutal represión granadera que comandaba el Batallón Olimpia. Allá, el 2 de octubre de 1968, murió un número aún desconocido de mexicanos, mientras que otro, todavía mayor, fue a parar injustamente a varias prisiones del país. Nunca se supo con certeza qué fue lo que pasó, quién inició la ofensa ni por qué un mitin pacífico —en el que irónicamente se denunciaban los abusos de la policía en contra de los estudiantes— terminó transformado en tan horrible vertedero de sangre.

Lo cierto es que, diez días después, en la capital iniciarían los Juegos Olímpicos y era poco conveniente que la masacre, convertida en ficción a través del desconocimiento y escamoteo de pruebas, saliera a la luz pública. Entonces sólo quedó la memoria de un pueblo herido y ahora silenciado entre los barrotes de un gobierno injusto; entonces las huellas y cadáveres fueron barridos del suelo para que ya nadie preguntara por ellos.

Esto pasó hace algo menos de 45 años al norte del continente. Ahora, que veo mi facebook inundado de fotografías sobre las protestas que pululan en Brasil, no puedo dejar de pensar en la noche de Tlatelolco. Ya no hablamos sólo de unos Juegos Olímpicos, sino de un Mundial de Fútbol, una Copa Confederaciones, unas monstruosas inversiones en infraestructura que no pueden dejar de ser incoherentes en un país en el que el hambre y la delincuencia son el pan de cada día.

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Así, estos eventos magnánimos se transforman en la antesala perfecta para hacer evidentes los desequilibrios que acontecen en el país. El problema es la inconveniencia que para todo gobierno supondría dicha publicidad “negativa” y, en consecuencia, la represión que podría eventualmente acompañar la protesta. El pasado sábado, en los alrededores del Estadio Nacional de Brasilia, 27 manifestantes resultaron heridos y al menos 8 fueron detenidos por la policía. El lunes siguiente, en Río, 29 personas terminaron hospitalizados y 10 capturadas. Las cifras parecen ir en aumento y ya la ONU pidió moderación a las autoridades brasileñas frente al control de los manifestantes.

Desde la distancia apoyo y aplaudo a mis amigos que salen diariamente a las calles a reclamar por un pueblo más justo y con menos inequidad. Sólo espero que las advertencias sean escuchadas y la masiva mediatización de las manifestaciones contribuya a controlar la desmedida fuerza que bien podría utilizar la policía militar. Porque ya nuestra historia latinoamericana tiene un Tlatelolco que lamentar; ya sabemos de lo que es capaz un gobierno que teme la condena del público foráneo; ya hemos visto cómo las cámaras y los periodistas extranjeros amedrentan a las autoridades y, por ello, por el resguardo del orden y el silencio, convierten a sus macanas en asesinas implacables contra los cuerpos indefensos.

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