¡¡¿Que la camiseta de la selección te costó cuánto?!!

Por: Paloma Fernández

Los partidos de fútbol siempre me han dejado un extraño sabor de boca. En algún momento de cada transmisión, entre las maravillosas metáforas de los locutores y la incesante gritería de mis acompañantes, dejo de ver la pantalla para observar la dichosa pantomima que ocurre a mi alrededor; incontables groserías sin receptor aparente, litros de cerveza en proceso de digestión y una que otra mirada femenina tan perdida y asustada como la mía. Y no es que a las mujeres no nos guste el fútbol o que seamos unas bestias para entenderlo (yo misma he sido una juiciosa estudiante del deporte glorioso y creo defenderme bastante bien en el terreno); es la pasión desenfrenada y el vínculo tan estrecho que muchos hombres tienen con su queridísimo equipo lo que, por lo menos a mí, me genera tanta intriga.

Sé que el futbol es tal vez uno de los mayores incentivos en la construcción de Nación y que sería una mentira decir que no me entristece un poco que la selección pierda un partido, pero definitivamente el que lo haga tampoco me amarga el día, la vida o el alma. No conozco a ninguna de las personas que están en esa cancha y no termino de entender por qué celebro sus triunfos como si fueran los míos (porque está más que claro que yo no tuve absolutamente nada que ver con ellos). Y, ojo, no estoy diciendo que me parezca estúpido o ridículo hacerlo, simplemente no termino de entender cuál es ese poder hipnótico que me lleva a mí y a otro montón de “compatriotas” a gritar, saltar y patalear automáticamente cuando el Tigre hace un gol en la Arenosa.

Es quizá esa consciencia del automatismo lo que despierta en mí ese sabor extraño del que hablaba arriba. El mismo sabor que tengo cuando veo a mi novio embobado en el computador viendo la retransmisión de los goles de un partido que ¡¡acabamos de ver!!, o de pésimo genio porque su equipo (que, por cierto, jamás gana nada) perdió el partido del domingo. Lo que también sucede cuando estoy un bar viendo a mis amigos absortos, insultando y alabando simultáneamente a la pantalla de un televisor que no los escucha.

Así que, hombres adictos al futbol (y una que otra mujer que también hace parte del combo), les ruego me expliquen cuál es la magia, el “yuyo”, el misterio o como quieran llamarlo, que les hace gastar miles de pesos en boletas para ir al estadio (cosa que ya hice una vez y me bastó para el resto de la vida), camisetas que raramente usan y cuanta maricada encuentran de su equipo adorado. Ello sin hablar de la adicción a futbolred y sportcenter, o el tiempo invertido en partidos de ligas asiático-africanas que a nadie o casi nadie le interesan. Tal vez mis bajos niveles de testosterona me impidan entenderlo del todo o mi discurso sea más petulante que interrogativo, pero, sin ánimos de ofender, realmente me gustaría comprender un poco más del seductor fenómeno del balón pie nacional.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. No creo que haya mucha razón de fondo. Pura tradición, conductas aprendidas que se graban en el inconsciente, la necesidad de pertenecer a un grupo, la construcción de la identidad. Ocurre lo mismo que con la religión, el nacionalismo, las ideologías: lo ajeno se torna personal, y cada partido se convierte en una lucha por la supervivencia del yo, de un concepto de yo muy abstracto y a la vez primario, pero lo suficientemente ligado a la identidad personal para liberar adrenalina y no sé qué más químicos psicoactivos. Muy buena inquietud, yo también la he tenido desde hace un buen rato

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