Una noche antes del 25 de abril

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Fotos: Juan David Giraldo

“Grândola, Vila Morena … povo é quem mais ordena, terra das fraternidade, Grândola, Vila Morena…”

Una noche antes del 25 de abril, una van con los vidrios empañados va cargada de músicos portugueses sobre la carrera séptima de Bogotá. Son las 1o de la noche y el cansancio de un día trajinado cae sobre esas caras costeras y sonrientes, después de un concierto gratuito en la Universidad de los Andes, al que ellos han rotulado como “fascinante” con acento luso. Uno de ellos ha comenzado a tararear y uno a uno, han decidido acompañarlo entonando la canción de Jose Afonso Zeca que, una noche antes del 25 de abril de 1974, era susurrada por los miembros del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), mientras alistaban los claveles rojos para ocupar las bayonetas.

Ana Moura se dirige hacia mis ojos transportados y tocados por la nostalgia, para hacer una declaración: “La revolución la hicimos los músicos, no pienses que estamos locos”. Para llegar a ese momento y entender que los portugueses nos llevan años luz con su sentido patrio mediado por la cultura, hizo falta sólo un día con una de las fadistas más populares de Portugal, reconocida internacionalmente por ser una cantante exitosa de un género tradicional que en sus palabras es “un estado del alma”.

Para nuestro imaginario criollo la conjugación de folclor y una artista tan joven es casi imposible, porque nos cuesta visualizar a una cantante de porro o de cumbia, tan bella como inteligente, sencilla además, vendiendo tantos discos como cualquier figura que cante reggeaton o tropipop. Y esa es Ana, con discos de platino encima, su reciente disco “Desfado” batiendo records en ventas, y con el pecho hinchado de una voz potente llena de Saudade y nostalgia que evoca las calles de Lisboa. La misma que fue invitada por los Rolling Stones, como todos sabrán, para participar en una versión de la canción ” No expectations”. Ella, estuvo por primera vez en Bogotá como parte de la comitiva portuguesa que vino para representar a su país en a la Feria del Libro de este año.

Todo comenzó una mañana antes del 25 de abril, en un encuentro esquivo entre su zapatos de tap con espejos, que envidié con desmesura, y mis botas ya cansadas de tanta agua bogotana. Se trató de un estrechón de manos entre ella, sus músicos y yo, una intrusa que pretendía hacer de acompañante útil para los eventos de ese día. Los portugueses, bien lo dijo ella sobre la tarima esa noche, son muy parecidos a los colombianos por la cercanía que sus palabras emanan y la facilidad que tienen para estrechar historias con desconocidos, que rápidamente se convierten en amigos. Pero a diferencia nuestra, su primer acercamiento es un poco distante y sus abrazos son poco efusivos, evadiendo el contacto de nuestros cuerpos, que por el contrario agarran con fuerza.

Con ese pre-concepto me encaminé hacia Monserrate, con el título de guía turística a cuestas y sin saber que estaba por conocer, no sólo músicos, sino gente tan simpática como sensible y asequible. El día transcurrió muy rápido, entre mercados artesanales buscando té de coca, ruanas y sombreros vueltiados , un almuerzo con vista a las montañas y la fascinación de sus pulmones afanados por la presión de los 3 mil metros ante el panorama de nuestra ciudad. Mientras tanto, conversaciones espontáneas en “portuñol” sobre lo que pensamos cada uno de nuestros países, recomendaciones de libros, de gastronomía y de música, y la confirmación de que el Fado está en un buen momento comercial y que se escucha en todas las emisoras del otro lado del mar gracias a los acercamientos a otros ritmos y sonidos, que lo mantienen vigente.

Algunos comentarios sobre el frío, del que me quejé todo el día y que ellos por el contrario disfrutaron, mientras me decían que no había conocido el verdadero. Un par de secretos compartidos sobre cómo sería la presentación de esa noche, que ella esperaba con expectativa para poder mostrar la versión de “Colombia tierra querida” acompañada de una guacharaca recién comprada, y esta vez con la letra bien aprendida, para dedicársela al público colombiano.

la foto Antes de bajar, Ana se tomó unos segundos a solas para respirar y contemplar. Nunca supe qué estaría pensando y no tuve el tiempo para preguntarle, porque al tocar Bogotá, lo que vino fue el afán que la transformó en la artista de vestido negro y gran porte, que da entrevistas y hace pruebas de sonido. Sin embargo, no dejó de ser la Ana que se ríe haciendo sonidos de gato, y que busca en la mirada de quien la ve, la aprobación de lo que hace. Mi afán, por otro lado, se dedicó a buscar sal para los dos huevos cocidos que se come antes de salir al escenario y planchar una que otra camisa de los músicos que no estaba apta para presentarse.

Cuando estuvo lista, el público no había acabado de entrar al auditorio así que volvió a su camerino y hablamos sobre libros portugueses y su reciente tendencia hacía el vegetarianismo. Luego de un rato, y estando yo ahora como espectadora, apareció con tranquilidad, entre las luces azuladas, cantando con la facilidad con la que habla. A ella y a algunos de sus músicos se le aguaron los ojos, mientras nosotros hicimos el intento de batir las palmas y bailar, en un concierto que hizo que sus asistentes se pararan para aplaudirle con el alma contagiada. Entre ellos, el embajador de Estados Unidos.

Lo que vino ya ustedes lo saben. Pronto fueron las diez de la noche antes del 25 de abril, en una van con los vidrios empañados, y una bandada de músicos mirando al norte donde está el Atlántico, porque si algo está claro es que los portugueses viajan con la añoranza de casa y con esa nostalgia andan. Al día siguiente, ya era 25 de abril y con un clavel en mi mano, supe lo mucho que hay que aprender de la que se llamó la Revolución de los Claveles, en la que el arte se impuso contra el régimen y venció, sin llegar siquiera a parecer una cosa de locos.

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