No se debe juzgar un libro por su tapa, pero ayuda

Va una confesión: No estoy en contra de las ventas de libros digitales pero no soy dueño de un Kindle ni estoy muy interesado en él. Tampoco soy   de los que elogian el olor y la textura de los libros, simplemente creo que no hay buenas ediciones digitales en español y los libros en Inglés tienen tan buen diseño de carátula que se han convertido en un fetiche que prefiero tener en físico. Les pongo un ejemplo: en tres meses que trabajé de librero en un local donde importaban libros en Inglés compré más títulos por interés personal que los que compré en ediciones hispanoamericanas durante los cinco años que duró mi carrera de Literatura.

Comprar un libro de buena calidad hoy en día, de buena edición y liviano, significa que está en Inglés, que quien lo compra tiene  una tarjeta de crédito y lo equivalente a cinco dólares para pagarlo y  sobre todo, que es dueño de un Kindle, Ipad o Nook para leerlo. Si bien los libros digitalizados habían aparecido anteriormente, la lectura en las antiguas pantallas quema-retinas no había convencido del todo a los lectores. Pero hoy en día ya no es un secreto que las ventas de textos impresos han caído dramáticamente. El internet se ha convertido en la mejor plataforma para quitarse de encima muchos problemas burocráticos y comerciales, y da la posibilidad de crear ediciones interactivas y de mucho menor costo.

Sin embargo, el comercio electrónico aún no ha terminado de penetrar en nuestro país, ya sea porque hay cierta desconfianza en comprar electrónicamente o porque simplemente casi nadie cumple los requisitos para poder cargar con una tarjeta de crédito. Colombia, a pesar de ser uno de los países de Latinoamérica con mayor porcentaje de conectividad, sigue siendo el lugar donde hay gente rídicula que va hasta los locales a medirse la ropita. Esto, a corto plazo, debería ser un gran incentivo para las editoriales españolas que representan más del 80% de esa industria en Colombia, pues aunque las ventas de libros digitales ha aumentado, estas aún no superan las ventas de los impresos como sí ha pasado en Europa y Estados Unidos.

Es cierto que las editoriales hispanoamericanas deberían centrarse en fortalecer su presencia en el mercado electrónico y ver cómo hacen para volver sus productos valiosos, interesantes y baratos para el lector digital. Pero si el comprador aún no se ha pasado a esa plataforma, deberían estar eligiendo estrategias para no quebrarse hoy y para enfrentar el presente. Los editores de grandes casas como Planeta, Seix Barral o Santillana, sin embargo, sólo piensan en que los retos están en una menor publicación de títulos, menos ejemplares y mayor seriedad en la edición, según una entrevista para el diario ABC el año pasado. Pero para mí, el cuento también es visual, es de diseño, en mi opinión las editoriales españolas no tienen idea de cómo llamar la atención de un transeúnte desprevenido.

Es cierto que no se debe juzgar un libro por su tapa pero ayuda bastante. No me interesa entrar en discusiones sobre si un texto debería ser algo comercial o no, porque el que tenga tres dedos de frente sabrá que esto también es un negocio y depende de las ventas. Cuando entro a una librería en Bogotá no encuentro una sola carátula que me llame la atención. Debo recurrir a los comentarios de mis profesores y compañeros de clase para saber cuáles son autores que podrían interesarme o las editoriales que supuestamente son serias, a parte de eso, lo único que se puede encontrar son tapas con una foto del artista o mártir de turno, alguna pintura de la época en que se publicó el texto y si el diseñador fue muy arriesgado una muy bonita foto en blanco y negro de una cuerpo desnudo que nada tiene que ver con el libro. Los gringos, por el contrario, hace mucho entendieron que estas cosas empiezan vendiéndose por la carátula y como en muchas cosas capitalistas, les llevan siglos de ventaja a los aburridos editores de la “Madre Patria”. Aquí un par de ejemplos muy ilustrativos.

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Las ediciones de Picador, Vintage, Penguin, Hachette o MacMillan, han experimentado con detalles como no guillotinar bien las páginas para darle un aspecto más rústico, hacer juegos tipográficos junto con ilustraciones, o presentar con caricaturas textos clásicos como “Los Tres Mosqueteros”. Las editoriales hispanas deberían permitir una mayor libertad a sus diseñadores pues podrían experimentar más con tipografías, materiales e ilustraciones. Me cuesta creer que en todo Hispanoamérica no se puedan encontrar ilustradores, diseñadores o entusiastas igual o más capaces que los Anglosajones. Y aunque recientemente han aparecido gratas sorpresas como el diseño de la novela doble de Ricardo Silva Romero Comedia Romántica y El Espantapájaros, los libros siguen aburriendo y no logran competir con un simple documento descargado de internet.

Ahora, no vayamos a creer que con carátulas bonitas se soluciona la falta de lectura de la sociedad colombiana, mucho menos que el libro digital se va a quedar atrás. Sin duda, para que la industria de los libros se mantenga es necesario encontrar estrategias atractivas para crear lectores, mejorar las ediciones e innovar en lo digital. Pero por favor, traten de que los libros por lo menos, sean bonitos.

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