Se vinieron las convocatorias de cultura

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Empezaron las convocatorias de los diferentes Ministerios de Cultura y Estados. Los artistas, de alta o pequeña talla, comenzaron a escarbar entre sus cajones los diferentes proyectos para organizarlos y presentarlos a los estímulos económicos entregados por varios gobiernos. No importa si son grandes o pequeños, si son para una convocatoria local o nacional, si son para guiones o para proyectos a los que les falta “sólo un impulso”; no importa qué sea lo que cada artista, productor o aparecido esté pensando, el sector de las industrias creativas empezó a pedir dinero. Yo ya llené mis formularios de Personal Técnico, de presupuesto, de tratamiento, etcétera, etcétera, etcétera.

Como podrá esperar nuestro lector, no le contaré cómo se llena una convocatoria, ni cómo se aplica a una porque, sinceramente, es muy fácil y se trata de seguir unos pasos básicos y bastante bien explicados. Además, considero que  ganarse una de estas convocatorias, por lo menos en Colombia, suele reducirse a la amistad con el director de la dependencia encargada de entregar el estímulo (persona que usualmente lleva más de 10 años en el cargo y por eso ha monopolizado la entrega de las convocatorias).

Pretendo contarles mi humilde y poco experimentada opinión sobre  por qué  uno nunca se gana una convocatoria. No hablaré, por otra parte, de los exclusivos casos del amigo del encargado del Ministerio, que uno suele conocer en cócteles elitistas y fantoches que se organizan en festivales como FICCI.

La primera razón es simple y fácil de entender:  LOS ARTISTAS NO TIENEN NI IDEA DE ESCRIBIR UN PROYECTO. Sí, así de sencillo. En el tiempo en que estuve asesorando creativos de todas las áreas para organizar sus proyectos, los problemas más grandes con los que se cruzaban las personas era con la incapacidad para escribir un proyecto y organizarlo. Esta razón, para no entrar en debates ni detalles, la dejaré en manos de las universidades que o no se interesan porque sus egresados sean existosos, o no les interesa llenar el mercado de artistas autosuficientes.

La segunda razón es algo más compleja:  los artistas no conocen el mercado. De hecho, no conocen  ningún mercado, excepto el de las pulgas más cerca de su casa. Los artistas aún no han entendido que mercados hay muchos, miles, infinitos podríamos decir y, aún en este siglo, no lo han querido entender. Cuando se presentan a una convocatoria aseguran que su producción es única, novedosa y original y, primero, caen en el primer error: no se dan cuenta que su obra es copia de algo que se hizo anteriormente. Y ahí caen en el siguiente error: si ya fue hecho por alguien más, no averiguan si fue exitoso, ni para quién, ni en dónde. Luego, aún apegados a su creación, no buscan la manera de incluirla dentro de algún mercado válido sino que creen que por su grandiosidad va a ser conocida por todo el mundo, es decir, no hacen un análisis de mercadeo por más básico que sea.

Estas dos razones nos dejan en tres espacios en caso de que usted no haya o considere que no puede ganar una convocatoria. La primera: porque usted no es amigo de nadie en el Ministerio de Cultura, dicho de otra manera, usted no es nadie. La segunda: porque usted no tiene ni la más mínima idea de qué es lo que quiere hacer y cree que su proyecto se sostiene por sí mismo porque en su cabeza es grandioso (original, novedoso, vanguardista, bla bla ba). La tercera: porque ninguna de las convocatorias le satisface.

Esta última es muy sencilla. Después de haber escuchado a Schrader y de comprender sus planteamientos sobre el cine Post-Teatral, sólo nos queda una duda: ¿Porqué será que los estímulos y convocatorias siguen teniendo nombres como: “Becas nacionales para espacios independientes”, “Becas a la edición de antologías de talleres literarios”, o “Beca de producción de documentales realizados con 60% de archivo audiovisual”. La respuesta, me aventuro a decirla muy prematuramente, es que quienes diseñan las mismas convocatorias son artistas que tienen menos idea de lo que están entregando y, además, tienen que adecuar los nombres a proyectos que saben que tienen que ganar.

Por eso es que todos terminamos diseñando nuestros proyectos según títulos muy elaborados inventados por funcionarios poco trabajadores del Ministerio.

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