Absolutamente TODO es parte del paseo

Imagínense llegar a una pequeña ciudad desconocida y ser los causantes de un trancón de dos cuadras; así fue nuestra llegada a Perú. Después de trece horas de viaje en bus y abastecernos de Nuevos Soles, llegamos al centro de Chiclayo en taxi pero el conductor no tenía vueltas. Durante diez minutos la calle nos insultó y abucheó con los pitos de los carros pues no conseguíamos quién nos cambiara el billete. Y el Taxi parqueado en la mitad de la vía.

Imagínense que la segunda imagen que tienen del sitio es una vieja amargada que los recibe de mala gana en un hostal totalmente vacío. Y que lo tercero que les pasa en esa ciudad que los ha recibido como invasores es que un indigente los trate de “gringos” y los persiga por varias cuadras. Bueno, así fue mi visita a Chiclayo. Apenas era la primera parada en Perú y ya extrañaba Ecuador.

Sin embargo no estábamos en esa ciudad por su arquitectura, sus playas o su gente. Para ser sincero, no quiero seguir hablando de este pueblo porque mi experiencia ya está un poco sesgada. La verdadera razón es que quería visitar las ruinas del “Señor Sipán” y el Museo Nacional de Lambayeque, dos atracciones arqueológicas de las que me habían hablado.

Desde la terminal de transportes tomamos un “coche” (buseta en colombiano) hacia Sipán y en el camino, como presagio de mi futuro, un pasajero nos hizo detener para vomitar. Nos encaminábamos hacia la tumba de un gobernante Mochica muy importante, que tenía labores administrativas y religiosas, y junto a él se encontraron también tumbas de otros miembros de la alta jerarquía Mochica. Con una descripción así sólo una pareja de literata y antropólogo recontra ñoños podrían interesarse. sin embargo comprobamos, una vez llegamos al parque, que los cholos (lo digo con cariño) sí saben hacer museos. Ahí en las fotos les quedará claro.

El regreso a Chiclayo me acordó a las busetas bogotanas, diminutas, incómodas y llenas. Pero bueno, no hay tiempo para la nostalgia, y para hacer el cuento más corto, al otro día tomamos otro coche rumbo al Museo Nacional de Lambayeque, también fuera de la ciudad. Vimos una muy buena exposición de los Mochica y la tumba original del Señor de Sipán, junto con sus restos y la explicación completa de la cultura con video incluído. Todo muy bonito.

La tarde parecía mostrarme que Chiclayo no debía ser tan malo y que después de todo, podía darle una última oportunidad. Chiclayo tenía planes muy disintos para mí. Salimos a tomar el coche de regreso, pero cada buseta parecía un transmilenio en el día sin carro. Después de media hora de espera decidimos embutirnos en uno de esos recipientes de sudor y gases. Aturdido por la congestión de estímulos no advertí qué personaje me acompañaba en ese nudo de personas, y después de veinte minutos de viaje un pequeño humano empezó a emitir sonidos guturales y derramo todo el pollo con arroz de su almuerzo sobre mi pierna.

La risa de algunos testigos y la cara de asco de mi novia me recordaron que TODO es parte del paseo. No se si fue ley de Morfi o alguna maldición indígena, pero he decidido no volver a hablar mal de ninguno de los sitios que visite, y a revisar a quién tengo a mi lado en los buses.

Nos vamos para Trujillo, parece que hay buen ceviche y la ciudad es bonita, si no, igual TODO es parte del paseo.

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