Ayangue

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Primer consejo del paseo, si no eres surfista no te las des de surfista.

Salimos de Baños a las 10:30 p.m., la idea era salir tarde para dormir todo el camino a Montañita y así ahorrarnos una noche de hostal. Llegamos a Guayaquil a las 4:00 a.m. e hicimos transbordo en un bus que nos llevó a nuestro destino. Más o menos a las 7:30 de la mañana estábamos en el famoso pueblo de la costa pacífica de Ecuador.

Todo lo que han oído o les han contado de Montañita es verdad. Lo primero que hicimos al llegar fue buscar donde quedarnos. Mientras recorríamos las calles nos encontramos con la de los cocteles. Nos encontramos con borrachos durmiendo y  tambaleándose en los andenes rodeados de botellas y vasos plásticos, lo que estábamos viendo era un pueblo  completo sufriendo de un tremendo guayabo o chuchaqui.

Para nosotros, que estábamos entumecidos y maldormidos, el panorama no se nos hizo muy alentador y para rematar no contábamos con que estábamos en plena temporada de surf y los precios no bajaban de 20 dólares la noche en el peor hostal. Así decidimos buscar otro lugar donde quedarnos y nuestro plan B era salir unos kilómetros al norte donde unos franceses nos habían contado que quedaba la playa de Ayangue; otra playa de surfeo mucho más barata. Salimos a la carretera principal y tomamos un bus verde que llevaba a los surfistas a Ayangue. Después de media hora éste nos dejó en una destapada desde donde tuvimos que caminar hasta llegar a la playa para encontrar los hostales.

Todos los sitios para dormir eran cabañas frente al mar con cocinas compartidas y un espacio central para fogatas, donde generalmente se reunían los surfers por la noche. Decidimos quedarnos en el primer lugar al que llegamos que se llamaba Playa Coco. La habitación costaba 10 dólares, tenía vista al mar, camas independientes y agua caliente.

El primer día salimos a reconocer la playa, estaba casi desierta y sólo se veía uno que otro surfer en el mar. Nos tomamos unas cervezas comimos algo en el piquetero “El Paso” (algo así como una tienda de barrio, la única del lugar)  y nos dedicamos a descansar el resto del día.

A la mañana siguiente  buscamos dónde alquilar tablas para intentar surfear, así fuera por un rato. El problema era que las cabañas para el alquiler quedaban lejos de ahí y sin mucho que hacer, tuvimos la brillante idea de meternos al mar. No creímos que fuera diferente al de Cartagena o Santa Marta, se veían igual pero sin tanto vendedor.

A medida que íbamos entrando las olas se hacían cada vez más grandes, pero aún podíamos tocar el piso entonces sentíamos que la cosa iba bien. En un momento una de esas olas nos chupó hasta el culo y terminamos en la mierda de la costa. Yo me hacía el que tenía todo controlado y empecé a nadar un poco más rápido para que no me siguiera jalando el mar. Pero cuando me volteé mi novia estaba a unos 10 metros hacia el fondo y lo que me había tomado acercarme a la costa lo perdí en dos brazadas hacia atrás para ir por ella.

Ya después de un rato de estar flotando, una surfista nos vió y nos preguntó que si todo estaba bien, yo le dije que sí que estábamos algo cansados  pero nada más y como quien no quiere la cosa le pedimos que si nos podía ayudar a volver a la costa. Nos dijo que nos tomáramos de la tabla y después de dos olas ya estábamos otra vez en tierra firme.

Para resumirles la historia estamos en el terminal de Guayaquil, acabamos de llegar de Puerto López, una playa al lado de Ayangue, con rumbo a Cuenca. Y mamá tranquila estoy bien, estoy vivo. Todo es parte del paseo.

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