De Acá
2/24/2016
El Chorro

Un carro blanco en el desierto

La década de 1960 trajo consigo la consolidación del rock psicodélico y en general, del género rock como fuerza cultural. No solo por la aparición de rasgos internos, que lo diferenciaban del blues o del rock and roll, también por la producción y consolidación de los festivales de rock al aire libre. El más famoso, claro, es el festival de Woodstock, por su carácter masivo y su salida en los medios a gran escala, incluso hasta nuestros días (en documentales de History Channel y VH1). Parece un festival que lo cambió todo y fue un hito. Sin embargo, una decena de festivales también muy serios, con alineaciones bastante llamativas ya habían hecho historia en los 60, en especial el Fantasy Fair and Magi Mountain Music Festival que se realizó el 10 y el 11 de Junio de 1967 en Sidney, y el un poco más publicitado Monterrey Pop Festival que se celebró entre el 16 y el 18 de Junio de 1967… en Monterrey, claro.

Rock al Parque, como cualquier movimiento cultural del rock, parece deberle su existencia a este tipo de eventos. Grandes movimientos a gran escala, decadentes y que parecen haber revolucionado la actitud frente a todo (frente a las drogas, frente a la raza, frente al género – hablando de géneros musicales – , frente al género – hablando de mujeres y hombres -, frente a nuestra actitud en torno a los enanos, etc. Y un largo “etc.”). Nuestro festival está lleno de eslogans y discursos de animadores que remiten directamente a esta actitud contracultural de tolerancia y aceptación de todo lo que exista y se enfrente a nuestras narices. Entonces, Rock al Parque ha tenido como el eslogan: “vida, máximo respeto”. Como si, en realidad, fuéramos los descendientes directos de los festivales de Monterrey y Woodstock.

Yo no creo esto. Permítanme ser aguafiestas, Rock al Parque no es una demostración de tolerancia. No vemos a fanáticos de Odio a Botero disfrutando junto a los amantes de Cannibal Corpse. Tampoco vemos a los junkies de la electrónica fumando (un Marlboro) junto a un aficionado al ska. Más que un escenario para la tolerancia, uno debería considerar al festival como la radicalización de una música demasiado dividida, con unos vacíos culturales insalvables. Por eso hay tres días, con unos géneros más o menos definidos. Y esto está bien. La verdad no quiero ver a Leishmaniasis tocar, ni tampoco a Andrés Gualdrón y los Animales Blancos. No quiero ser tolerante con Andrés Gualdrón y verlo sólo porque lo escogió Virgin Mobile para tocar su música el lunes festivo. Recordemos que cuando juntaron al grupo de emo-core Ratón Perez con la banda de grind metal Brujería, los aficionados armaron su propia batalla campal en el Simón Bolívar. La tolerancia no es nunca el motivo, ni la esperanza en un festival de rock actual.

Me gustaría, entonces, señalar dos eventos o fenómenos que, me parece, explican mejor la aparición de un festival como Rock al Parque.

1. El 6 de Diciembre de 1969 ya ha sido marcada como fecha límite del movimiento psicodélico y pacifista. Los Rolling Stones eran parte del cartel del Altamont Free Concert, uno de los miles de refritos del festival de Woodstock. Llamándole, algunos, “The Woodstock West”. La seguridad del evento fue proveída por un grupo de motociclistas violentos, los Hell’s Angels. La inclusión del grupo de motociclistas terminó trágicamente, luego de que asesinaran brutalmente a una espectadora llamada Meredith Hunter, a cuchilladas y golpes. Otras dos muertes se registraron durante el evento. Una persona murió luego de ser arrollada por un carro y otro por ahogamiento en un canal de irrigación.

En el festival de Altamont hay una violencia entre grupos. Ya no está el sentido de armonía, tolerancia y paz de festivales como el de Monterrey. En Altamont ya se comienzan a ver facciones contraculturales que se arrollan, se contradicen y se violentan. Este es el origen de nuestro festival.

2. Un segundo evento. No un evento real. La película de 1971, “Vanishing Point”, muestra a un conductor de autos, Kowalski, cuyo trabajo es llevar automóviles de una ciudad a otra. Durante la acción que comprende la película, tiene que  manejar y entregar a salvo un Dodge Challenger 1970 blanco, desde Denver hasta San Francisco. Ex-conductor de carreras y ex-policía, Kowalski parece ser el rebelde por excelencia; el héroe clásico de la década de 1970. Ha salido de la policía por evitar que un agente de mayor rango viole a una adolescente.

Kowalski quiere hacer el recorrido, de viernes a sábado, incluso sabiendo que tiene hasta el lunes para hacer la entrega. Así que va muy rápido (muy, muy rápido) por en medio del desierto. En su carrera, unos policías lo tratan de detener por exceso de velocidad, pero terminan arrollados por la fuerza del Challenger blanco. Durante su camino Kowalski se encuentra con varios asentamientos. Una mujer desnuda, a lo Woodstock, lo seduce, pero Kowalski decide seguir. El escenario parece no cambiar mucho. La mujer parece haber estado en el desierto desde 1965, y su vida parece no haber dado giro alguno. Podría seguir ahí, en el desierto, desnuda y arrugada, sin mucho que comer, hasta ahora.

Un segunda escena nos muestra un festival de música al aire libre. En este caso, no se trata de un gran festival. Más bien, son unas 30 personas, máximo, que ven a un grupo tocar en un escenario destartalado de madera y plástico. Kowalski se entera de que son una comuna que flota entre lo hippie y lo evangélico. El rock, al parecer, se ha transformado. Ya no tiene esa cara totalmente masiva y pacifica de Woodstock. Ahora es una mujer desnuda y una comuna religiosa en medio del desierto, sin ningún contacto con nada más. Unos marginados que no se comprenden y que, desesperadamente, tratan de vivir al estilo libre y desenfrenado de la década pasada, sin conseguirlo.

El Dodge Challenger blanco transita por el desierto. Unas grúas levantadas bloquean el camino. Kowalski sigue conduciendo y, finalmente, se estrella contra las grúas, destruyendo el auto, que nunca es entregado.

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